Teatro de Bretch no cárcere

Y sobre todo, el Teatro. Dos personajes centrales para el tema: Rafael Bárez y José Torregrosa. Constituía la actividad cultural más importante y la que requería mayor esfuerzo y dedicación.

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Al principio, personalmente, no le prestaba mucha atención: andaba muy ocupado con el parchís. En esas lides teatrales, participaba parte importante de los que allí estábamos, aunque sólo fuera como público de los espectáculos. Poco a poco, las sesiones a las que nos “obligaban” a asistir, fueron provocando mi atención. Señalo aquí dos momentos que me quedaron grabados en la memoria por mérito propio. Programada la representación de “La Comuna” de Bertolt Bretch, habíamos estado esperando a que, por medio de los abogados, nos mandasen el texto desde fuera y, al final, no llegó. Debo decir que, en este momento, ya era yo un participante asiduo y activo.

La militancia política, que tanto ha significado en mi vida, me proporcionó la ocasión de trabajar como actor en una representación teatral hecha por y para prisioneros políticos. Un motivo más para sentirme orgulloso de mi militancia.

Torregrosa se rompía la cabeza para buscar otra actividad teatral alternativa. Creo que fue Riobó quien propuso que nos riésemos un poco de los dimes y diretes de nuestra propia comuna; él solía burlarse, cariñosamente, de los acontecimientos cotidianos. Para mí, aquella representación resultó sensacional. Nos habíamos reído ampliamente de nuestros defectos y manías. Seguro se había producido la catarsis. Todos salimos de la representación yo no sé si mejores, pero, desde luego, absolutamente felices.

El segundo momento del que me acuerdo fue en otra representación en la que, para aportar colorido al ambiente, se cubrieron los bancos del público con un papel rojo. A punto de empezar la función, y al sentarse todo el mundo, no recuerdo por qué, se retrasó el inicio de las actuaciones. Al levantarse algunos impacientes, se inició una carcajada impresionante. Los de atrás veían a los de delante y se partían de risa. Todas las filas comenzaron a ponerse en pie, para ver lo que pasaba: todos teníamos el trasero pintado; el papel había desteñido y dejado la marca en la culera, “al rojo vivo”.

Creo que no hubo premeditación por parte de nadie; pero el efecto de aquel suceso nos dejó a todos exhaustos de las carcajadas.

Quizás ello se explique porque estábamos en una situación propicia para que las emociones se desbordasen.

Hubo otras representaciones antes y después; pero estas permanecen indelebles en mi memoria

De: PILLADO, Rafael : “Latidos de Vida y de Conciencia” Ed. Fuxo Buxan, Ferrol, 2012
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